Cuando llegué, Fregley estaba en la parte delantera agujerenado una cometa con un palo. Eso me hizo pensar que quizá no había sido una buena idea presentarme allí.

El caso es que Fregley ya me había visto, así que no había posibilidad de volverse atrás.

Me invité a mí mismo a dormir en su casa. Su madre estaba encantada de ver que Fregley tenía «pareja de juegos», definición que a mí no me entusiasmó demasiado.

Fregley y yo subimos a su habitación y quería que jugásemos al Twister, pero yo procuraba mantenerme a distancia todo el tiempo.

Pensé que lo mejor era renunciar a esta idea estúpida y volverme a casa. Pero cada vez que miraba por la ventana, ahí estaban Collin y Rowley, en el jardín de la casa de enfrente.

No quería marcharme, al menos hasta que esos dos entraran en casa. Pero la situación con Fregley se empezó a descontrolar demasiado rápido. Mientras miraba
por la ventana, Fregley había abierto mi bolsa y se había comido mi paquete de gominolas de emergencia.

Resulta que Fregley es uno de esos chicos que no pueden tomar nada que tenga azúcar. Dos minutos más tarde, estaba dando botes como si estuviera poseído.

Empezó a actuar como un psicópata, persiguiéndome por todo el dormitorio. Supuse que quizá esto le haría bajar el nivel de azúcar, pero qué va. Así que me encerré en su cuarto de baño,hasta que se le pasara.

A eso de las 23:30, todo parecía estar tranquilo. Entonces Fregley deslizó una hoja de papel por debajo de la puerta.

Recogí la hoja y leí el siguiente mensaje:

Es lo último que recuerdo, antes de quedarme frito del todo allí mismo.

Cuando desperté, habían pasado algunas horas. Quité el pestillo de la puerta, me asomé y escuché los ronquidos de Fregley, procedentes de su dormitorio.
Aproveché para salir corriendo de allí.

A mis padres no les hizo ninguna gracia que los sacara de la cama a las dos de la madrugada. Pero a esas alturas, ya me traía todo sin cuidado.