Bueno, después de pasarme la noche pensándomelo y dándole vueltas y más vueltas, llegué a una conclusión. Decidí que, por esta vez, Rowley pagara el pato en nombre de nuestra amistad.
Le dije a Rowley que tanto él como yo podíamos aprender mucho de lo sucedido. Le dije que, por mi parte, ahora ya sabía que debo tener más cuidado con lo que haga delante de la casa de la señora Irvine, y que él también debía tomar nota de algo: andarse con ojo a la hora de prestar su abrigo a alguien.
Para qué engañarse, mi acertado análisis no pareció convencer demasiado a Rowley.
Después del colegio siempre solemos juntarnos, pero aquella tarde Rowley dijo que se iba a su casa a echar una siesta. No lo culpé porque, si yo no hubiera tomado mi taza de chocolate aquella mañana, también me habría hecho falta un descanso.

Cuando llegué a casa, mamá me estaba esperando en la entrada. Entonces me llevó a tomar un helado como premio. Así que este episodio me ha enseñado también que, de cuando en cuando, no es mala idea hacer caso de los consejos maternos.